22 Oct A propósito de El Padrino: la importancia de la mediocridad en el cine

Por Sergio Monzón

Ocurre en el cine, como con todo en la vida, que cuando uno se acostumbra a los más exquisitos placeres nos es más difícil apreciar su valor, entender su importancia, su relevancia o su influencia en otras obras, si seguimos hablando de arte. Ocurre esto, a mi modo de ver, con la trilogía de El Padrino.

opcion-2Si uno está acostumbrado a ver casi siempre los cientos de películas que suelen engrosar las tan conocidas listas que enumeran las mejores películas de la historia del cine, puede ser que uno acabe en cierto modo anestesiado, cegado, acostumbrado a ver películas tan superiores, asumiendo que el cine debe tener siempre la misma calidad, y olvide, por tanto, que está viendo las mejores películas hechas en 120 años de historia, no cualquier película. Se han hecho tantas películas a lo largo de la historia… y sin embargo estas listas recogen, 100, 500, hasta 1.000 películas, que representan lo mejor del séptimo arte, y que son, también, un ínfimo porcentaje del total.

Sólo dejando de lado estas películas, viendo otras películas inferiores a éstas, y después volviendo a ellas, es posible apreciar en toda su magnitud su calidad. Sólo así es posible comprender la diferencia entre una buena y una mala dirección; entre una fotografía cuidada y estudiada y una hecha simplemente para cumplir; entre una actuación memorable y una actuación mediocre; entre un guión, que siendo ficticio parezca realista, y un guión lleno de clichés y de frases adivinadas antes de que los actores abran la boca; entre escenas que se graban en tu mente y escenas que habrás olvidado a los 10 minutos de apagar el televisor.

Todo esto me ocurre con la trilogía de El Padrino. Vi la primera de las tres entregas hace unos años, cuando ya empezaba a ser un gran cinéfilo pero aún no me había consolidado del todo. Me gustó, pero me pareció algo lenta, quizá demasiado larga, una historia que no me convencía… En fin, se quedó en una buena película.

Años después, los cines Renoir han decidido reponerla y allá que fui a verla de nuevo. Me gustó más que la primera vez, aprecié mejor muchas cosas, no se me hizo pesada ni larga… En los días siguientes he visto la segunda y la tercera entregas, que aún no había visto. Así que en menos de una semana las he visto las 3, unas 10 horas de cine que creo que hay que ver de forma bastante continuada para poder apreciar correctamente el conjunto entero.

Habiendo acabado de ver lopcion-4a tercera encuentro que es muy inferior a las otras dos. No es que considere que sea una mala película, de hecho, si fuera la única de la saga probablemente hasta me habría gustado. Pero es cuando se la compara con las dos primeras, cuando la tercera se me antoja muy inferior y encumbra aún más a las otras.

Viendo otra vez El Padrino y, por primera vez, El Padrino II, había quedado convencido, sin que ninguna de las dos terminara por parecerme la cumbre del cine, de que sin duda se encuentran entre las mejores películas de la historia del cine. No sé si entre las 100, las 50, las 25 o las 10 mejores, pero sí entre las mejores. Y eso que la actuación de Marlon Brando no me agrada, con esas mandíbulas y esa voz tan forzadas y la historia sigue sin parecerme para nada excepcional: ningún giro en el guión, ninguna sorpresa, ninguna historia especialmente fascinante…

Sin embargo, según voy viendo la tercera entrega, voy descubriendo que el guión se repite por tercera vez: el principio es una fiesta, Don Corleone recibe a diferentes personas para tratar diferentes temas, el asesinato en medio de las fiestas italianas en el barrio italiano de Nueva York, la última media hora de venganzas mostrada con un montaje en paralelo, el modelo de dos personajes que sustentan la historia (Brando-Pacino, Pacino-De Niro, Andy Garcia-Pacino), el viaje a Sicilia, etc…; voy descubriendo que los actores de los 90 ya no son los actores de los 70, y que aunque Andopcion-3y García no está mal, Sofia Coppola no está ni de lejos a la altura de esta trilogía, en concreto en la primera aparición en la fiesta, y que los actores enemigos son blandos, prácticamente una caricatura, comparados con los de las primeras entregas; voy descubriendo también que se busca provocar sentimientos en el espectador mediante secuencias efectistas como las del baile de boda de Michael y Kay, mientras su hijo toca la canción que ha aprendido para él, o ese final forzado en el que muere la hija de Michael en vez de él, o toda esa media hora final en la que se montan en paralelo el clímax de la ópera con el clímax de la película; y descubro, finalmente, los fallos e incongruencias de guión que en las otras dos películas no aparecen por ningún lado, tales como que el asesino no consiga acabar con Michael durante la actuación cuando le está mirando ya por la mirilla del fusil, o que mate a todos los que vengan a por él con ese cutre engaño al espectador y al sicario, al hacerse el muerto, o que los actos de Michael no sean consecuentes con el Michael que nos han pintado las dos primeras entregas.

Y es entonces, al acabar de ver El Padrino III, cuando comprendo la grandeza de las dos primeras películas. Comprendo entonces, que es muy difícil escribir 6 horas de guión tan meticulosamente cuidadas, de forma que todo encaje, para que los personajes se comporten siempre como se espera de ellos, en base a sus personalidades, sus actos anteriores y sus circunstancias anteriores; que es muy difícil dirigir 6 horas de cine sin que el espectador las encuentre aburridas, sin que sobre metraje que te haga perder la concentración en la historia, siempre añadiendo un pedacito nuevo de información, llevándote poco a poco por toda la historia que envuelve a lo largo de tantos años a toda una familia.

Aprecio entonces mucho más la fotografía de Gordon Willis, que si bien es correcta en la tercera película, es magnífica en las dos primeras, notándose en ésta última la gran diferencia de calidad entre el cine de los 90 y el de los 70, en el que hasta el grano de las primeras películas aporta credibilidad, sabor, al ambiente, en contraste con la mayor nitidez de la tercera; aprecio más, también, el diseño de producción, llevándonos a la época en que se ambienta la película, con esas espectaculares habitaciones en claroscuro con tonalidades anaranjadas y marrones y esos paisajes italianos, en el que hasta los coches eran más bonitos en los años 30-60 que ese Lancia feo en el que se mueven Michael y Kay por Sicilia.

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Me doy cuenta también, cuando pienso en los actores, que si bien Andy Garcia me parece que medio cumple con su papel, no tiene el más mínimo punto de comparación con Pacino en la primera película, o De Niro en la segunda (papeles que se corresponden por importancia dentro del reparto de cada una de las entregas), donde ya demuestran que son dos actores inmensos. Pero es que si Pacino actúa bien en la primera película, lo de la segunda película no tiene calificativos. Y De Niro, aunque no me guste cómo actúa Marlon Brando en la primera, lo borda en su imitación de Don Vito. Cuando empiezo con los secundarios, me doy cuenta de que ninguno en la tercera película da prácticamente la talla, empezando por Sofia Coppola, y es cuando se echa en falta al enérgico James Caan (Sonny), al pausado Robert Duvall (Tom Hagen) o al magnífico, inmenso, John Cazale (Fredo). Sólo ahora puedo apreciar su importancia, su relevancia y su grandeza en las primeras dos películas, y al compararlos con los de la tercera, descubro que son mucho mejores actores de lo que había creído.

Sólo ahora, por tanto, comprendo en su totalidad lo complejo que es filmar escenas que se queden grabadas en la memoria por su grandeza, lo complicado que es transmitir tanta frialdad como Pacino en la segunda película sólo con la mirada, sin palabras, cuando abraza a Fredo a la vez que mira a Al Neri y la cámara encuadra las manos de Fredo agarrando fuertemente su espalda, mientras sabemos que Michael acaba de sentenciar a su propio hermano y que sus manos probablemente sólo se estén apoyando en la espalda de aquél.

opcion-5Sólo ahora, aprecio el impacto visual de Michael llevándose la mano a la cara, hundido, a la espalda del resto de invitados durante el espectáculo de baile en La Habana, totalmente ajeno a él, al descubrir quién ha sido el que le ha traicionado, o el impacto del beso más terrorífico de la historia del cine, con Pacino desbordado en medio de la celebración de año nuevo, o ese disparo fuera de campo, que acaba con Michael bajando la mirada y con dos películas redondas. Sólo ahora me doy cuenta de lo precisa que es la introducción de los personajes principales durante la boda, en la primera película, o de la genialidad de los diálogos en la primera conversación entre Vito Corleone y Bonasera (iniciada con un plano largo, pausado), en la que Don Vito le dice que tras muchos años de haberle negado su amistad, cuando se encuentra en problemas, viene a pedirle favores a su casa, el día de la boda de su hija, sin respeto, y que ni siquiera le llama padrino, para minutos después decir por primera vez la famosa frase: le haré una oferta que no podrá rechazar.

Gracias por tanto a El Padrino III, por aportar la perspectiva necesaria para comprender la importancia y la grandeza de las dos anteriores películas de la saga, y por recordarnos, que de vez en cuando, es importante también ver cine “del montón” para que al revisitar los grandes clásicos podamos apreciarlos en su totalidad.